Tenemos que olvidarlo. Tenemos
que olvidar cuantas veces la luna nos envidió desde allí fuera. Olvidar como me
quemaban tus caricias en la noche. Tenemos que olvidar todos y cada uno de esos
“te quiero” con los que la boca nos traicionaba. También olvidar esos ojos que veían
tan dentro de mí. Tenemos que olvidarlo. Tenemos que olvidar las sonrisas al
despertar y tenemos que olvidar todos los abrazos que nos daban vida. Es
necesario que olvidemos.
Encontrarás a otro como yo,
decías. Otro que, como yo, te haga preguntarte el por qué de todo. Que como yo, te robe y te ofrezca en cada beso.
Ah, tenemos que olvidar también esos besos. Esos en los que nuestros labios
encajaban milimétricamente y que sabían a gloria. De esos, también tenemos que
olvidarnos.
Ahora tengo que acostumbrarme, a
mis sábanas sin ti, a no tener tus caricias, las que me quemaban, que ahora me
hielan. Te fuiste. Pero no te fuiste solo, eres un ladrón. Escapaste con mi
cordura, con mi coherencia y mis sueños. Y ahora estoy aquí, sola, en mi
habitación, mirando la cama dónde te hice tantas veces feliz, donde nos
hacíamos cosquillas que acababan en amor, la cama que empapábamos cada noche y
cada mañana y cada tarde.
Hay que olvidarse de todo,
excepto de… que te tengo que olvidar.