Estoy aquí sentada tomando un té y pienso. Pienso en muchísimas cosas, demasiadas para mi gusto en una tarde de sábado pero, irremediablemente, pienso.
Estoy pensando en que siempre que voy de camino a la facultad paso por nuestra cafetería. Íbamos mucho allí, ¿te acuerdas? Nos gustaba especialmente aunque fuera un poco más cara que el resto. Recuerdo que tenía un olor especial y aún ahora, cada vez que paso, lo huelo. Es un olor dulce y cálido, como a frutos del bosque. Siempre que voy de camino a la facultad paso por nuestra cafetería. Y, ¿para qué engañarte? te busco. Siempre giro mi cabeza hacia la terraza y te busco, allí sentado tomándote un café o una cerveza, como solías hacer. Siempre giro mi cabeza y sigo buscando, y cuando acaba la terraza, nunca estás. Sigo mi camino entonces a la facultad. No sé que espero al buscarte. Creo que quiero encontrarte, para darte dos besos y hablarte de cómo me va todo. También espero no encontrarte, porque estoy segura de que si lo hiciera no podría pararme a saludar, tu ya me entiendes.
Granada tiene un tono más pálido desde que no vamos a nuestra cafetería, la luz ya no alumbra tanto, ni el sol calienta como antes. Ahora llueve. Llueve porque es invierno, pero quizás también llueve por tu ausencia. Esto me recuerda a que te encantaba la lluvia, esa que te recuerda a tu tierra, por allí arriba. A mi no me gustaba la lluvia hasta que tu me contaste que sí lo hacías, porque entonces la lluvia tomó un tono alegre, incluso más alegre del sol este de ahora del que te hablo, que ya no calienta como antes.
Pienso en estas cosas ahora, aquí, tomándome un té.
sábado, 10 de diciembre de 2016
miércoles, 16 de noviembre de 2016
Olvidar[te]
Tenemos que olvidarlo. Tenemos
que olvidar cuantas veces la luna nos envidió desde allí fuera. Olvidar como me
quemaban tus caricias en la noche. Tenemos que olvidar todos y cada uno de esos
“te quiero” con los que la boca nos traicionaba. También olvidar esos ojos que veían
tan dentro de mí. Tenemos que olvidarlo. Tenemos que olvidar las sonrisas al
despertar y tenemos que olvidar todos los abrazos que nos daban vida. Es
necesario que olvidemos.
Encontrarás a otro como yo,
decías. Otro que, como yo, te haga preguntarte el por qué de todo. Que como yo, te robe y te ofrezca en cada beso.
Ah, tenemos que olvidar también esos besos. Esos en los que nuestros labios
encajaban milimétricamente y que sabían a gloria. De esos, también tenemos que
olvidarnos.
Ahora tengo que acostumbrarme, a
mis sábanas sin ti, a no tener tus caricias, las que me quemaban, que ahora me
hielan. Te fuiste. Pero no te fuiste solo, eres un ladrón. Escapaste con mi
cordura, con mi coherencia y mis sueños. Y ahora estoy aquí, sola, en mi
habitación, mirando la cama dónde te hice tantas veces feliz, donde nos
hacíamos cosquillas que acababan en amor, la cama que empapábamos cada noche y
cada mañana y cada tarde.
Hay que olvidarse de todo,
excepto de… que te tengo que olvidar.
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