Estoy aquí sentada tomando un té y pienso. Pienso en muchísimas cosas, demasiadas para mi gusto en una tarde de sábado pero, irremediablemente, pienso.
Estoy pensando en que siempre que voy de camino a la facultad paso por nuestra cafetería. Íbamos mucho allí, ¿te acuerdas? Nos gustaba especialmente aunque fuera un poco más cara que el resto. Recuerdo que tenía un olor especial y aún ahora, cada vez que paso, lo huelo. Es un olor dulce y cálido, como a frutos del bosque. Siempre que voy de camino a la facultad paso por nuestra cafetería. Y, ¿para qué engañarte? te busco. Siempre giro mi cabeza hacia la terraza y te busco, allí sentado tomándote un café o una cerveza, como solías hacer. Siempre giro mi cabeza y sigo buscando, y cuando acaba la terraza, nunca estás. Sigo mi camino entonces a la facultad. No sé que espero al buscarte. Creo que quiero encontrarte, para darte dos besos y hablarte de cómo me va todo. También espero no encontrarte, porque estoy segura de que si lo hiciera no podría pararme a saludar, tu ya me entiendes.
Granada tiene un tono más pálido desde que no vamos a nuestra cafetería, la luz ya no alumbra tanto, ni el sol calienta como antes. Ahora llueve. Llueve porque es invierno, pero quizás también llueve por tu ausencia. Esto me recuerda a que te encantaba la lluvia, esa que te recuerda a tu tierra, por allí arriba. A mi no me gustaba la lluvia hasta que tu me contaste que sí lo hacías, porque entonces la lluvia tomó un tono alegre, incluso más alegre del sol este de ahora del que te hablo, que ya no calienta como antes.
Pienso en estas cosas ahora, aquí, tomándome un té.
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